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Miles de intérpretes anónimos -o no tan populares- ponen sus versiones de los hits del momento -o de clásicos de distintos géneros- en las redes sociales.

Y si bien esto podría tomarse como un reconocimiento masivo hacia el artista que lo hizo popular, también puede leerse como un uso ilegítimo de los derechos de autor. Por eso, la piratería dejó de ser ya la única amenaza para autores, compositores músicos y discográficas.

Porque la nueva versión ya es pública, como si se difundiera por radio, TV o en un show en vivo. Entonces, ¿por qué sitios como You Tube u otros no podrían reconocer los derechos de autor si también son espacios comerciales de difusión y comunicación?

“España acaba de atravesar toda una polémica oficial entre el Ministerio de Cultura y el colectivo de los digitalistas locales en torno al aprovechamiento de los contenidos de la red. Por un lado, todo el mundo aplaude que haya un acceso democrático a los contenidos, pero por otro, uno se pregunta de qué manera la sociedad va a retribuirle eso a los creadores e intérpretes?”, plantea el director nacional de Artes, José Luis Castiñeira de Dios (reconocido, también, como maestro de orquesta y compositor).

Castiñeira recordó, entonces, que España “acaba de atravesar por una polémica sobre este tema entre el Ministerio de Cultura y el colectivo de digitalistas locales”.

La única opción que se ha encontrado en estos últimos años es promover el espectáculo en vivo. Pero no parece ser lo mejor, porque eso ya existía”, dice.

“Lo que pierde el artista es la posibilidad de hacer algún tipo de recupero económico a través de la reproducción del disco, de la grabación, la radio, el cine o la televisión. Y si eso no encuentra un nuevo formato va a ser difícil que la gente siga grabando. O tendrá que seguir como hasta ahora: teniéndolo como una carta de presentación, de difusión de sus espectáculos en vivo”.

Una de las bandas más populares de América latina entendió este nuevo juego del mercado y lo hace público. El propio René Pérez Joglar, líder de Calle 13, escribe en su cuenta de Twitter que no le interesa que sus fans compren discos, siempre y cuanto consuman su música (y vayan a los espectáculos).

Mientras tanto, otros artistas proponen hacer del disco un objeto de culto. Radiohead lanzó The King of Limbs con una versión gratuita por internet pero, también, vendió CDs y una edición limitada de vinilos, algo imperdible para los siempre vigentes coleccionistas.

Tomar las grabaciones en estudio como una estrategia de prensa o un tesoro: esa es la mutación que se ve en un momento en que la world wide web se convirtió en un servicio de necesidad básica, sin el cual no se podría trabajar, ni interactuar con amigos o familiares. Las descargas, legales o no, se han naturalizado y es ese el nuevo escenario en el que deben salir al ruedo los músicos de hoy en día.

“Un fonograma –dice Castiñeira de Dios- es una obra en sí misma. No es una carta de presentación ni una fotografía del grupo. Es algo que tiene una existencia real y que, además, ha sido hecho con un carácter artístico en el sentido estatuario o de las artes visuales que apunta a crear un objeto bello, perfecto. Y que su reproducción sea industrial y mecánica no quiere decir que el objeto en sí mismo no tenga un valor más que particular”.

El disco es un trabajo que se hace no con el ánimo de sacarse una fotografía en la que uno salga bien parecido, sino de crear un objeto nuevo; y ese objeto, que es sonoro, tiene que tener respeto, una retribución de la sociedad y un reconocimiento”, sostiene el director nacional de Artes. Es ahí cuando el músico y funcionario asegura: “Eso hoy está puesto en duda y yo estoy absolutamente en contra.”

¿Hacia dónde parece ir todo, entonces? Castiñeira de Dios estima: “Todo hace creer que se avanza hacia una comunicación interactiva mediante pantallas y que el objeto del que estamos hablando se va a convertir en un objeto virtual, que no va a tener corporeidad, como la tuvo hasta ahora, pero aún así la creación de ese objeto tiene que tener un reconocimiento social”.

Cuando se habla de soporte, es bueno recordar que el CD tiene menos de 30 años de vida y el cassette –ya casi prehistórico– cuenta con apenas unos 10 años más. Hoy todo se escucha en mp3. El playlist se configura en la laptop, en la tablet o, incluso, en el mismísimo celular, que hasta hace unos años sólo servía para hacer llamadas telefónicas.

Ante esto, productores ejecutivos y bandas se replantean cómo presentar sus productos. “Nadie sabe qué soporte elegir y, en última instancia, tampoco saben para qué lo hacen”, enfatiza Castiñeira.

Y opina que si todavía se lo preguntan es porque “tienen la inercia de un siglo. No de diez siglos sino de uno, porque este invento tiene esa edad. Y en ese tiempo la sociedad le dio un valor económico, de reconocimiento, a la creación de un objeto sonoro, con un soporte que fue cambiando, y también a la actividad del artista que elaboraba ese objeto”.

 

 

Lo único que no ha cambiado pareciera ser la realización de conciertos. “Ahora, de todo eso, no va quedando más que la fuerza de trabajo, es decir, la posibilidad de ganarse la vida como un actor de teatro, de tocar todas las noches en un escenario”, dice el maestro que suele dirigir a la Orquesta Juan de Dios Filiberto.

“La música había alcanzado grados superiores de sostén en el tiempo, de permanencia, a través de un invento que le había permitido eso. Creo que hay que encontrar la forma en que este reconocimiento varíe hacia otro camino. Lo tecnológico no va a ayudar”, opina.

“Te lo dicen los directores de cine. Cuando ven alguna producción en 3D empiezan a sospechar que quizás en un futuro no muy lejano ese entretenimiento que se llamaba cine quede suplantado por uno conformado de dibujos y se liberen del famoso problema de los actores para siempre”.

Claro está, aún en caso de que se llegara a reemplazar a los actores por dibujitos, no se podría prescindir de los guionistas y hasta se debería contratar a esos viejos caminantes de alfombras rojas para que doblen las voces de los personajes.

La cultura tecnológica pareciera haber absorbido primero a la música. Luego irá por el resto. Pero hasta que eso llegue… ¿cómo avanzará lo que hoy ya empezó? ¿Hacia dónde se dirigirá el actual mercado discográfico?

“Nadie sabe muy bien hacia dónde va. Los caminos son intentos de ver si se encuentra un nicho para la actividad. Hay que pensar que en el siglo XIX lo que apareció como modificatorio, por la aparición de la imprenta, fue la partitura musical. Lo que se vendía era papel. Por un lado estaba el músico que interpretaba, por otro lado estaba el papel con el que se reproducía la obra. Y ese papel daba de vivir. Después eso desapareció. No hay que asustarse, estas cosas pasan, los sistemas van cambiando y estamos en pleno ojo de la tormenta”, reconoce Castiñeira de Dios.