Piano y voz, a la uruguaya
La gente deja de comer mientras ingresa al escenario de Notorius acompañada del pianista Andrés Bedó. Será una noche marcada por la intimidad. “Cuando el espectáculo es solo de piano y voz hay que focalizar mucho más. La energía, la concentración, todo es mucho más delicado para mí”, dice la cantante a Raider tras sus dos presentaciones en Buenos Aires (el 13 y 20 de abril).
Entre tema y tema nace un diálogo con el público en el que no faltarán alusiones a su madre, su hija, los hombres y el amor. “A los quince nos enamoramos profundamente; a los veinte necesitamos amores pasionales; a los treinta buscamos el padre de nuestros hijos; a los cuarenta nos conformamos con que cocinen bien y a los cincuenta disfrutamos de estar con nosotras”.
Laura es parte de una generación de artistas uruguayos que transitó la dictadura y floreció en la vuelta a la democracia. Fue parte del mítico conjunto “Rumbo”, que llamó “a redoblar la esperanza” cuando aún gobernaban los militares. En el inicio de su carrera solista contó con la producción de Jaime Roos y en los noventa decidió ir por el costado intimista de la música. Canciones de Edith Piaf, tangos, boleros, acompañadas por un piano y su voz.
El recorrido musical de su espectáculo incluye “Garúa”, de Troilo y Cadícamo; “Los Hijos de Gardel”, un tango de su autoría que retrata a los uruguayos en el exilio (“paradójicamente, muchos de ellos están volviendo”, aclara); “L´hymne à l’amour” y “La vie en rose”, con un tono de voz que hace recordar al Gorrión de París; y las canciones dedicadas a su madre y a su hija, las mujeres de su vida (“Señora Eme” y “Nunca fui de la voz A”).
“Cuando era adolescente escuchaba a Carole King, Simon & Garfunkel, Serrat, los Beatles, pero también a Viglietti, Los Olimareños, Zitarrosa, el folcklore chileno y el argentino”, comenta Laura, demostrando que su camino fue enriquecido por todo tipo de ritmos. “A esa edad compartía dormitorio con dos hermanas más grandes que yo y no podía pegar posters de los músicos que me gustaban. Igualmente tenía fotos de Serrat en las tapas de los cuadernos y algunos discos, como Tapestry de Carole King o uno de The Carpenters, que terminaron gastados de tanto escucharlos”.
Mientras viene a Buenos Aires, lugar al que considera como un gran desafío, Laura está abocada a un espectáculo en homenaje a Eduardo Darnauchans, “un artista con un nivel de poesía increíble”. Será en el Teatro Solís (el Colón montevideano) y estará acompañada por otras tres cantantes orientales que vale la pena detenerse a escuchar, Maia Castro, Mónica Navarro y Ana Prada. “Somos cuatro mujeres que pertenecemos a distintas generaciones pero que estuvimos cautivas de su música”.
Su último disco, un recorrido integral por su carrera, tiene su complemento en un libro escrito por su hermana Cristina. “Quién es esa Mujer”, una obra artística que retrata a Laura y la muestra tal cual es, “explosiva, huraña, generosa, antipática, audaz, habilidosa, divertida, verborrágica, bocasucia, pichinchera, cortés, irreverente, profunda y, sobre todo, una mujer de una nobleza infinita”.



