Apto para todo público

“Ya sabemos quién tiene entradas para la próxima Creamfields”, le sonríe uno a su compañera, señalando hacia las butacas que tienen delante. Allí tres, cuatro pibes que tendrán entre 6 y 10 años saltan, bailan y se mueven frenéticamente al ritmo de una base de percusión y música electrónica al palo que viene del escenario. Son los últimos minutos, el bis de ¡Baila!, el último show que El Choque Urbano presenta en Ciudad Cultural Konex de miércoles a domingos a las 17.30. Un show “para grandes y chicos”, es decir, para que los adultos lleven a los nenes en vacaciones y para que los niños insistan a sus padres.

Y –es cierto- resulta una gran opción de salida familiar. Los chicos se entusiasman y muchos adultos se copan más todavía, gracias a la cosa primal que trae consigo un espectáculo donde el ritmo y la percusión son claves.

¡Baila! presenta a un grupo de ¿chicos? disfrutando la libertad de una plaza nocturna. Un espacio de juego total. La música se mezcla con la puesta escénica y resulta difícil distinguir entre recital, teatro, danza y espectáculo acrobático. Así como la música pasa con naturalidad pasmosa de una zamba a una murga, o de una chacarera al más primal de los tambores, así también los actores/bailarines/acróbatas/músicos intercambian disciplinas y roles continuamente. Hay un trabajo coreográfico excepcional y preciso, y una escenografía muy bien lograda, que estimula la mirada aún antes de que comience el espectáculo.

La estética urbana predomina, como en todos los espectáculos del grupo, pero también hay un fuerte dominio de cierta onda lúdica “retro”. Los protagonistas juegan a saltar la soga, hacen “fulbito” con latitas abolladas, juegan a la mancha y a la escondida. Se trata de una estética de juego callejero infantil, que no es más que la excusa para llevar a los nenes a un espectáculo que visitan no pocos adultos por su cuenta. Pero no se trata de una cosa nostálgica ni la añoranza de mejores tiempos. El espectáculo es pura alegría y puro presente. Son los personajes relacionándose, mezclando sus cuerpos, sacando música de latas y sogas.

Destaque final para los intérpretes, que tienen una presencia notable. Es difícil dejar de velos, o decidir a cuál de ellos dedicar cada mirada. Además de técnicos sólidos, tienen carisma. La imagen se resume en dos de las bailarinas: una con malla fucsia y pollera verde, la otra con vestido rojo: sus sonrisas no desaparecen en ningún momento. Para cuando termina la hora y media de espectáculo, las sonrisas siguen allí. Y en los rostros de los espectadores.